miércoles 20 de agosto de 2008

Para vos

Algo...

Cuando me desperté
tenía los pies plantados
en un campo de cebollas.
Todo borroso y lejano,
como lo es cuando se naufraga en tierra
en tiempo, estando varado
a fuerza del miedo de encontrarse solo.

Desde adentro me hallé desnudo,
con un sonido hueco repitiéndose, comprimido,
como remolacha que salpica por su peso;
que expulsa del interior densa savia
como licor hecho entre esperas,
quizás combustible de árboles y hombres,
y toda clase de criaturas y magnolias oscuras;
para soportar las fiestas, el aula y la parroquia,
los cumpleaños, las agendas, las llamadas por teléfono,
al abuelo y el giro bancario…
¡las soledades son fatales!

Cada vez más fuerte,
desierto de nuevo, algo penetra y arde,
pienso que es mejor seguir inmóvil y aguardar,
la incertidumbre aprovecha para atacar en estos tiempos,
y sin cautela,
ciñendo lodo entre los brazos,
me hago enredadera y silencios,
esperando compañía mientras espero,
pero, ¿qué espero? ¿a quién espero?
aún solo estoy allí y allá,
enterrado en una huerta de cebollas.

Mantengo abiertos mis ojos,
hasta donde mi voluntad lo permite,
sigo plantado y atrás hay campo,
cuerpo, noche e incluso raíces,
pero siempre sigo brotando
entre el calor de una ausencia tuya,
una ausencia mía,
entre el origen del que surge la vida,
como las cortezas, mustias, ajadas
sin ser ya jamás la mismas.